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     Somos diferentes y desiguales.  

        Somos diferentes y desiguales. Con la serie de relatos que voy a proponeros  se demuestra que no es necesario vivir con un hombre violento, para descubrirlo basta con vivir.

 

 

                                                    La solterona

 

 

  Marisa sujetaba un documento en la mano, lo leyó, lo guardó y al poco lo volvió a sacar y a leer. Tenía una expresión de asombro y su mirada estaba iluminada.

   ¡Positivo!

   Sí, estaba embarazada. Ya había comprado un predictor, y, después de que el aparatito le había dicho que sí, quiso estar bien segura y se fue a la farmacia para hacerse la prueba.

   Su mente estaba confusa y revuelta. Le invadía una sensación indescriptible. Era como si volviera a nacer o a vivir y a la vez sintiese algo que la ahogase.  No veía ni la calle, ni el tráfico, ni a la gente. Casi no podía pensar ¡Había que contarlo! 

   Pasaba de los cuarenta años. Era pequeñita y poco agraciada. Tenía unas facciones duras  que le daban un aire serio y distante; pero nada más contrario a su forma de ser: amable, cariñosa y generosa.

   Hacía casi veinte años que era una mujer independiente. Como nunca se le dio bien eso de estudiar, a los quince entró de aprendiza en una peluquería; dos años más tarde era ofíciala y a los veintiuno ya tenía negocio propio. Le fue bien y unos años después  compró un pisito que ya había pagado totalmente.

   Pero su vida amorosa creció de forma inversamente proporcional a su bienestar económico. Al poco de comprar el piso tuvo su primer y único escarceo amoroso. Desde entonces no había vuelto a relacionarse con ningún hombre.

   No es que le pesara su soltería, al menos a ella, pero sus padres y amigos estaban muy preocupados porque creían que se iba a quedar “solterona”, o sea, “incompleta”, “frustrada”.

   –Yo creo que el hecho de haberte ido tan pronto de casa te ha perjudicado –le decía su madre muy convencida–. Tanta independencia no es buena para una mujer.

   –¡No digas tonterías, mamá! No he encontrado a la persona adecuada.

   –¿Por qué te dejó aquel chico con el que saliste? Porque se asustó.

   –¡Era un cara! Pretendía vivir a mi cuenta.

   –Eso es lo que tú dices. Lo que pasa es que, como lo tienes todo resuelto, eres muy exigente, nadie te parece bien.

   –No mamá. No he tenido tantas ofertas como tú crees.

   –Pues una mujer sin marido y sin hijos no es nada. Ahora no te das cuenta, pero con el tiempo me darás la razón.

   Esta conversación, con distintas variantes, tenía lugar, una vez sí y otra también, cuando iba a ver a sus padres.

   Todos sus amigos se habían casado o vivían con su pareja, así que salía poco y, cuando lo hacía, era para asistir a algún cumpleaños o festejo al que le invitaban  los de su antigua pandilla.

   En una de esas contadas ocasiones, discutió con un amigo. Tenían distintas opiniones respecto al rol de hombres y mujeres. En medio de la discusión ella se fue al servicio y al salir de la habitación le oyó decir:

   –A Marisa lo que le falta es un buen polvo, por eso está amargada.

   –No estoy de acuerdo. Tiene su trabajo y le va muy bien –comentó una chica.

   –Eso no tiene nada que ver –dijo otra mujer.

   –Es una feminista amargada, ¿la has oído? Todas las que hablan así es porque no tienen un hombre que les dé bien.

   –Lo que pasa es que todas nos hemos casado y se encuentra algo sola. A esas edades es difícil hacer nuevas amistades.

   –Lo que yo te diga.

   –Está en un grupo de montaña. Sale de excursión todos los fines de semana –apuntó otra mujer.

   –¡Bah! Esa gente no sabe divertirse.

   El resto de los amigos, ellos y ellas, se rieron. Marisa hizo como que no  había oído el comentario, no quiso darse por aludida.

 

   Ahora todo había cambiado. Iba a tener un hijo. Un hijo suyo, de ella. No podía creerlo.

   Hacía unos dos meses se había quedado aislada en un refugio de montaña con un compañero. El chico había tenido una mala caída, se había roto el tendón de Aquiles y no podía caminar. Uno de los montañeros sabía algo de medicina Le entablilló la pierna, lo tapó con el saco de dormir y le suministró algunos medicamentos. Una cura de urgencia hasta que vinieran a  buscarle con una camilla. Alguien se tenía que quedar con él y, como siempre, fue Marisa;  no tenía familia que la esperara  y estaba dispuesta a ayudar.

   Encendieron fuego pero había poca leña y, cuando se acabó, el frío se hizo intenso. Belarmino estaba medio dormido a consecuencia de los analgésicos  y,  como  a ella le pareció que estaba tiritando, se metió con él en el saco para darle calor. Se plegó contra su cuerpo dándole la espalda. Unas horas más tarde sintió que le metían la mano por debajo de la camiseta y le tocaban los pechos. Ella no dijo nada. Luego sintió el pene erecto de su compañero apretado contra sus nalgas y se quedó quieta. Después le bajó las bragas y ella no puso ninguna resistencia. Pasó lo que tenía que pasar en esas circunstancias.

   Cuando llegó el equipo de rescate aún estaban dormidos. Se lo llevaron y no había vuelto a verlo porque no iba a las excursiones. Ella tampoco se había atrevido a visitarlo  por si él pensaba que pretendía comprometerlo por lo que ocurrió.

   Al llegar a casa, se preparó un café, lo pensó, tiró el café y se tomó un vaso de leche caliente. "Hay que cuidarse", se dijo a sí misma, "ahora tengo responsabilidades".

Se acercó al teléfono y marcó un número.

   –¡Hola, Fredi, soy Marisa!

   –Ya, dime.

   –Siéntate, que te voy a dar una noticia.

   –No será para tanto.

   –Sí lo es. Estoy embarazada.

   –¿Qué dices? ¿Estás de broma?

   –No. Es la verdad. Voy a tener un hijo

   –¡Joder! No sé que decirte. No sabía que andabas con alguien.

   –Es que no salgo con nadie.

   –¿Entonces? ¿Te has hecho la inseminación artificial? Tú eres muy capaz.

   –No hubiera sido mala idea, pero tampoco. Fue una tontería, ya te contaré.

   –Y el padre, ¿quién es?

   –No lo conoces ni lo vas a conocer.

   –¿Lo sabe?

   –No. Y no estoy muy segura de si se lo diré.

   –¿Es que piensas abortar?

   –Ni se me ha pasado por la cabeza. Estoy contentísima.

   –Tú misma. Es cosa tuya. ¡Vaya noticia!

   –Tú eres el primero en saberlo. Para eso tengo un hermano, para que me eche una mano.

   –Ya sabes que puedes contar conmigo. ¿Qué quieres que haga?

   –Acompáñame  cuando vaya a contarlo en casa. Sola no me atrevo.

   –Desde luego.

 

   La noticia dejó estupefactos a sus padres.     

   –Pero… ¿de quién? –fue lo primero que dijo su madre.

   Marisa estaba a punto de decir que se había hecho la inseminación, pero no quiso mentirles.

   –Fue una relación esporádica. El padre como si no existiera.

   –¡Qué vergüenza! ¡A tu edad y con éstas!

   –¡Mamá, por favor! –dijo Fredy– es estupendo, como un milagro. Todos tenemos que estar muy contentos.

   –¡No! Si no digo nada. Ella sabrá lo que hace.  Si estoy contenta...

   –Yo eso no lo veo bien –dijo su padre.

   –¿Qué es lo que no ves bien? –preguntó Fredy.

   –Que no cuente con el padre –afirmó con parsimonia mientras daba una calada a su pipa–. Un hombre tiene derecho a saber que tiene un hijo, y un niño tiene derecho a saber que tiene  padre. Luego si el padre no lo acepta es cosa suya, allá su conciencia.

   –¿Por qué? ¿Por qué no puede ser solo mío? En este mundo, miles de hombres abandonan a las mujeres cuando se enteran de que están embarazadas y tienen que criarlos ellas solas. ¿Por una vez no podría ser al revés?

   –Ésa es una postura muy egoísta y siempre lo ha sido. Todos tenemos que aceptar nuestras responsabilidades y el padre tiene que tener la oportunidad de hacerlo. Harías lo mismo que hemos criticado tantas veces.

   –Papá tiene razón –dijo Fredy.

   –¡Pero si casi no lo conozco! ¡Ni tan siquiera sé si es un hombre libre!

   –Eso no es una razón –apuntó el padre.

   –Pensará que quiero comprometerlo, que pretendo que se case conmigo o algo así.

   –Eso estaría bien –dijo su madre.

   –¡No, mamá! No me atrae y no quiero cargar con un hombre para toda la vida porque me he quedado embarazada.

   –¡Haberlo pensado antes! –su madre seguía con su idea.

    En eso Marisa tiene razón –afirmó Fredy. Los tiempos han  cambiado. No tiene por qué casarse si no quiere.

   Ella sabrá lo que tiene que hacer. No la atosigues más –dijo su padre y de alguna manera dio por terminada la discusión.

   Esa noche Marisa no pudo dormir. Su padre tenía razón, como siempre. El niño, o niña,  tenía derecho a saber de su padre. La cosa era complicada porque ella no sabía si Belarmino estaba casado o, a lo mejor, divorciado.

 

   Belarmino tenía cuarenta y cinco años y también era solterón. No era nada atractivo, calvo, extremadamente delgado y nervudo, de prominente nariz y mirada huidiza. Trabajaba en la construcción y ganaba un buen sueldo así que había construido un chalecito en las afueras. Era muy popular entre sus amigos porque, cuando discutían con sus mujeres o querían evadirse de ellas, iban a casa de Belarmino y allí bebían, jugaban a las cartas, veían películas pornográficas y, de vez en cuando, aparecían con algún ligue.

   –¡Qué suerte tienes, cabrón! Tú si que sabes vivir.

   –Listo que es el chico que nunca se ha dejado pillar. Si yo volviera a nacer, ¡de dónde me iban a coger a mí!

   Con las mujeres no tenía tanto éxito. De vez en cuando ligaba con alguna chica en la zona de los vinos o buscaba una prostituta si se encontraba muy necesitado.

 

   Marisa buscó su dirección en la secretaría del grupo de montaña y se dispuso a ir a visitarle. No estaba en su casa. No estaba casado y, como no se podía mover, se había instalado temporalmente en casa de sus padres. Le costó dar con él pero lo consiguió.

   –¿Vive aquí Belarmino?

   –Sí, pase, por favor ¿Es amiga de Mino? –preguntó la madre del chico.

   –Sí. Me quedé con él cuando se rompió la pierna ¿Cómo está?

   –Regular. Lo tuvieron que operar. Ya lleva casi dos meses y aún tiene para rato. Tardará bastante en recuperarse.

   –Lo siento.

   Mientras hablaban  llegaron a la habitación en la que estaba Belarmino.

   –¡Hola! He venido a verte, ¿cómo estás?

   Él la miró con sorpresa, se veía que no esperaba esta visita.

   –Bien, dentro de lo que cabe.

   –¿Querrá tomar un café? –preguntó la madre.

   –Pues sí. Bueno, no. No puedo.

   –¿Algo de beber? ¿Una cerveza?

   –Cerveza, no. Si tiene un zumo o algo parecido.

   –No, no tengo. ¿Una manzanilla?

   –Eso sí.

   La madre se fue hacia  la cocina y ellos se quedaron solos.

   –Verás, venía a decirte algo importante. No creas que quiero comprometerte, ni mucho menos, pero creo que debes  saberlo.

   Ella lo miraba abiertamente, él estaba desconcertado.

  –Estoy embarazada.

   –¿Cómo?, ¿qué?

   –Pues eso, que estoy embarazada por lo de la noche del refugio.

   –¿Estás segura?

   –Segurísima. Pero no quiero nada, ni que lo reconozcas ni que nos casemos ni nada. Solo quería que lo supieras porque creo que tienes derecho.

   Él se quedó callado. Les invadió un profundo y largo silencio.

   –Bueno, pues nada más, yo ya me voy –dijo mientras se levantaba.

   En ese momento llegó la madre con la manzanilla.

   –Siéntese, por favor, he traído unas pastas.

   La madre dejó  la manzanilla y las pastas y se marchó con discreción.

   Ella se volvió a sentar. La situación se había vuelto muy tensa.

   –Ven otro día a visitarme. A ver si ya puedo caminar aunque sea con muletas, y podemos salir a tomar algo para hablar,  aquí...

   –Lo intentaré, pero ando muy ocupada. Ya sabes lo que hay. Solo pretendía que lo supieras.

   –Me gustaría volver a verte…  No sé qué decir…

   –No te preocupes. Yo estoy bien y no necesito nada.

   –De todos modos me gustaría hablar de esto contigo.

   –Ya te llamaré cuando pueda.

   Se despidió definitivamente de él y de su madre y se dio toda la prisa que pudo para salir a la calle. Respiró profundo. Había sido un mal rato.

   Belarmino se quedó desconcertado. No podía pensar en otra cosa. Quería decírselo a todo el mundo y no se atrevía a  contárselo a nadie ¡Con las ganas que tenía su madre de que centrase su vida y tuviera hijos!

  Cuando llevaba mes y medio sin saber de  Marisa, y dado que ya podía andar, aunque con bastón, fue a la asociación para buscar su dirección o su teléfono. Ni tan siquiera llegó a casa. Se paró a tomar una cerveza en un bar y en su móvil marco el número que le habían dado.

   -Dígame.

   -¿Eres Marisa?

   - Sí.

   -Soy Mino

   -No sé. Chico no me doy cuenta.

   -Belarmino. El del accidente.

   -¡Ah! ¡Ya!

   A continuación se produjo un largo silencio.

   -Como me dijiste que me ibas a llamar y no lo has hecho.

   -Lo siento… Ando mal de tiempo ¿Cómo estás?

   -Mucho mejor. Ya camino, con la ayuda del bastón. Pero puedo salir.

   -Me alegro.

   -Gracias ¡Oye! Y ¿De aquello qué?

   -Pues muy bien. Todo está estupendo.

   -No sé. Tendríamos que hablar ¿no?

   -Cuando quieras, pero yo ya te dije que no quiero nada.

   -No es esa la cuestión. Si es hijo mío habrá que hacer algo.

   -En lo que a mí respecta no. Te juro que no le va a faltar de nada.

   -Sí. Ya me lo dijiste. Pero…, no puedo pensar en otra cosa.

   -Si quieres darle tu apellido no tengo inconveniente, aunque no lo necesito. De verdad.

   - Ser padre es otra cosa.

   -Yo no quiero casarme ni nada de eso. Francamente, no eres mi tipo.

   -¿No podríamos vernos? No son cosas para hablar por teléfono.

   -No tengo inconveniente, pero no sé qué podemos hacer que no sea darle tu apellido

   -¿Nos vemos mañana a las doce en “El montañero”?

   -No. No puedo. Tengo que trabajar.

   -¿Y el sábado?

   -Bueno. El sábado. Pero tenemos poco que hablar. 

   -Hasta el sábado. No faltes.

   -No faltaré.

   A Mino se le quitó el nudo de la garganta. Se lo diría a su madre. El era el padre y eso no tenía vuelta de hoja.

   -Tienes que casarte con esa chica –le dijo su madre de inmediato- Me gustó mucho, parece maja.

   - Casi no la conozco.

   -Yo creí que era tu novia o algo así. ¿Cómo te metiste en ese lío?

   -No sé mamá. Esas cosas pasan.

   -Tú verás. No sé que decirte. En mis tiempos todo era más sencillo. Si dejabas a una chica embarazada y eras decente, te casabas ¿Estás seguro de qué el niño es tuyo?

   -Supongo que sí. No tenía por qué engañarme. Es una chica independiente que tiene su casa y su trabajo. Desde el primer momento me dijo que no quería nada, sólo que lo supiera –argumentó Mino y luego se quedó pensando -. Desde luego le daré mi apellido. Eso sí. Y supongo que tendré derecho a verlo, o verla, de vez en cuando. No te preocupes.

   -Estaba deseando ser abuela. Pero no así.

   -Serás abuela.

   El sábado, a la hora en punto, Mino estaba en “El montañero”. Ella tardó unos minutos más, aunque fue bastante puntual.

   -Perdona. Me costó aparcar.

   -Yo también acababa de llegar. Siéntate. ¿Así que todo va bien?

   -Muy bien.

   -¿Ya sabes si es niño a niña?

   -Pues no. Todavía es muy pronto. El mes que viene.

   -¿Qué puedo hacer yo?

   -Nada. Esto es cosa de mujeres.

   -No sé. A lo mejor podríamos salir de vez en cuando para conocernos mejor.

   -Voy a ser muy clara. No tengo interés en conocerte mejor porque las cosas están bien así.

   -Algo podría hacer… Ir contigo al médico, por ejemplo. Mis amigos iban con sus mujeres cuando estaban embarazadas.

   -Sí. Pero yo no soy tu mujer. Voy a tener un hijo o hija que, por casualidad, es tuyo. Te lo dije porque me pareció lo más decente.

   -Tú no puedes venir, decírmelo y ahí se acabó todo. Soy una persona  responsable y puedo asegurarte que  tendrá padre.

   -Ya te dije que podías darle el apellido  -Marisa se  quedó pensativa un momento- Perdona. Tienes razón. Yo no soy una tía antipática. Cuando nazca veremos cómo nos organizamos.

   - Y, ¿mientras tanto? ¿No vas a decirme si es niño o niña? ¿No me vas a tener al corriente de cómo va todo?

   -Bueno. Te llamaré.

   Al mes siguiente, Marisa llamó a Mino:

   -Estuve en la clínica. Es chico. Me dieron una especie de fotografía. No sé como explicártelo. Es algo increíble.

  -¿No puedes enseñármela?

   -Ando mal de tiempo pero lo haré. El sábado en “El Montañero”, a la misma hora.

    Las fotografías de la ecografía  trastornaron por completo a Mino. Se las pidió  para enseñárselas a su madre y luego sintió la imperiosa necesidad de contárselo a  sus amigos.

   -Si dices que esa tal Marisa no quiere saber nada de nada, serás un tonto si sigues con esto adelante –le comentó Rodrigo- Además ¿Estás seguro de que es tuyo?  A lo mejor lo dice para cazarte precisamente. Más tonto serías.

   -¡Rodrigo! No seas burro –le interrumpió Mario- ¡No hagas caso Mino! Tú haz lo que creas que tienes que hacer. Un hijo es algo grande. Te lo aseguro.

   -¿Sí? Mocos, mierdas, gastos, obligaciones, noches sin dormir  y luego ¿qué? Luego nada. En cuanto pueden salir solos, si te he visto no me acuerdo. ¡Iba yo a tener hijos sabiendo lo que sé!-insistió Rodrigo.

   -¡Mira que eres bocazas! –Mario parecía algo enfadado- Tú te casaste como todos, cuando te apeteció, y tuviste tres hijos porque quisiste, y ahora, eres un golfo que de boquilla va contando semejantes estupideces, para justificarte, pero en el fondo no piensas lo que dices. No confundas a Mino que no te conoce bien.

   -No. Si en parte tiene razón. Es complicarse la vida –opinó Mino- Pero de verdad que siento un no se qué. Tengo las fotos de la ecografía. Voy a enseñároslas.

   -¡Tú estás loco! Si te complicas así la vida luego no vas a poder  librarte de ello. ¡Allá tú! –insistió Rodrigo.

   -La ciencia va avanzando. Cuando los míos, no hacían fotografías de la ecografía. La verdad es que impresiona -comentó Mario mientras contemplaba el contenido del sobre que le había dado Mino.

   Una vez que se marcharon sus amigos, Mino vuelve a contemplar las fotos.  “En parte Rodrigo tiene razón. Me estoy complicando la vida. La verdad es que yo vivía tan ricamente. Lo de ser padre no se me había pasado ni por la imaginación. Ella no quiere nada. Ya no es como antes, que una madre soltera había perdido la honra y la dignidad. Si hago lo que dice, yo sigo como antes y aquí no ha pasado nada. ¡Claro que a mi madre le hizo tanta ilusión!  Y quieras que no…”

   El tiempo pasó. Un pasito adelante y otro atrás. Mino subía y bajaba. Un día lo veía muy claro y otro muy oscuro. Cuando Marisa dio a luz, estuvo esperando como cualquier padre, nervioso y angustiado y cuando le enseñaron a su hijo creyó que había alcanzado el Cielo. 

   Marisa  también alcanzó el cielo. Su vida era perfecta. No necesitaba más.

   No se han casado aunque comparten  la vida de Luis. Los fines de semana salen los tres juntos de excursión y pasan en familia las fiestas señaladas.  Las madres de Marisa y de Mino esperan confiadas.

 

                                                                               

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